Autores: Abadi Andrea, R. de la Peña Francisco
El trastorno del espectro autista (TEA) es una afección muy prevalente en todo el mundo. Los datos de los estudios epidemiológicos muestran una prevalencia mediana estimada de 62 por 10000 personas, con una distribución homogénea entre grupos étnicos y socioeconómicos (Elsabbagh et al. al., 2012) fuera de los Estados Unidos de América (EE. UU.) (Durkins et al., 2017). Cuenta ASD para una pérdida de salud sustancial a lo largo de la vida. A nivel mundial, los trastornos autistas explicaron más de 58 AVAD por 100000 habitantes (Baxter et al., 2015). Por ejemplo, en Guanajuato, México, la prevalencia de TEA es de .87% (Fombonne et al., 2016). El TEA es un neurodesarrollo trastorno, que también incluye el trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH), la discapacidad intelectual, los trastornos de la comunicación, los trastornos del aprendizaje, los trastornos por tics, todos ellos incluidos en el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales en su quinta edición (DSM-5), (American Asociación de Psiquiatría, 2013). El TEA se caracteriza por una limitación significativa en la interacción social y la comunicación, así como por la presencia de conductas repetitivas y conductas restringidas y estereotipadas (American Psychiatric Association, 2013). El fenotipo más amplio, no restringido al DSM-5, tiene cuatro clases latentes en niños en edad preescolar: retraso leve del lenguaje con rigidez cognitiva; retraso leve del lenguaje y motor con desregulación, retraso general del desarrollo; y retraso significativo en el desarrollo con conductas motoras repetitivas (Wiggins el al., 2017).
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2020-08-25 | 78 visitas | Evalua este artículo 0 valoraciones
Vol. 43 Núm.3. Mayo-Junio 2020 Pags. 101-3 Salud Ment 2020; 43(3)